7 mar 2013

PRÓLOGO

Author: L.H. Pérez | Filed under: Oscuridad Espiritual

 

¡Hola, chicos! ;)

Pues no me aguanté hasta el fin de semana sin actualizar, así que les adelanto una sorpresa. Iniciamos con el libro «Oscuridad Espiritual» que pertenece a la categoría de terror.

¡Espero les guste y dejen sus comentarios!

Un abrazo,

L.H. Pérez

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Cabizbajo salió el Padre de la habitación, sangre salpicada a través de su túnica bendita. Esas manchas rojas que resaltaban bastante contra la tela blanca dejaron en silencio a su estudiante que acompañaba a la madre de la recién fallecida. El Padre se estaba limpiando con la mano derecha, que también tenía gotas de sangre, su cara bañada de lágrimas, dejando profundos surcos rojos que les avisaban que lo sucedido en ese cuarto no era una historia que querían escuchar, es más, que el Padre no quería narrar. En su mano izquierda se encontraba un rosario apretado con tanta fuerza que amenazaba con romperse. La cruz que colgaba al final de éste se balanceaba de lado a lado con cada paso dado, y rebotó sin ningún miramiento cuando el Padre se dejó caer sobre uno de los sofás, cerrando los ojos mientras descansaba la cabeza contra el respaldar y tomaba respiraciones profundas en un intento de controlarse y superar la tristeza infinita que le embargaba. No se necesitaba ser un experto en lenguaje corporal para saber lo que había sucedido, pero era desconcertante ver a un Padre de tan alta categoría y tan fuerte en su fe, así de cansado, luciendo vencido.

Es más, si alguien lograba escuchar el silencio, oirían los ecos de los gritos de la chica que seguían chocando contra las paredes de la casa, acatarían la presencia de la maldad rodeándoles, burlándose de su sufrimiento, y aún más importante, sentirían las lágrimas de Dios bañándolos, disculpándose por la forma cruel en que el destino les arrebato a aquella que una vez fue hija y una conocida de la iglesia católica.

Finalmente, después de lo que parecieron horas pero que probablemente fueron minutos, el Padre se enderezó, aflojó el agarre mortal que tenía sobre el rosario y lo guardó en uno de los bolsillos delanteros de su pantalón, del mismo que extrajo un pañuelo color marrón suave con el cual intentó limpiarse la cara para verse más presentable, cosa que casi no obtuvo ningún resultado.

Tanto el estudiante como la madre seguían en silencio, pero la diferencia entre ambos es que la mujer se estremecía en sollozos silenciosos y no se preocupaba por limpiar el torrente de lágrimas que bañaban todo su rostro y colgaban de su mentón antes de estar suspendidas en el aire por unos segundos y entonces estrellarse contra las manos que estaban juntas, tal como si fuera a rezar, en su regazo. No entendían que esas lágrimas eran una explicación lógica para lo que había sucedido, y dudaba mucho que quisieran hacerlo porque tal como éstas se convertían en nada, así mismo había sucedido con esa chica en la habitación, pero sería una mejor comparación el llorar sobre tallos de rosas adornados de espinas, que atravesarían esas gotas saladas llenas de dolor y desesperación sin ninguna duda.

El Padre dejó escapar un profundo suspiro, colocó los codos sobre sus rodillas y mirando la sangre que manchaba su vestimenta, negó suavemente con la cabeza, casi sin ningún movimiento, pero con el suficiente para poseer el poder de devastar a la mujer que seguía esperando noticias de su hija, y a la cual una fuerte y helada corriente de viento apagó la luz de la esperanza, casi tumbando de igual forma la vela una vez erguida de la fe en Dios.

La mujer sin poder enfrentar todos esos sentimientos negativos que la embargaban, se puso de pie en silencio, todo a su alrededor desapareciendo a excepción de la puerta que llevaba a la habitación donde ahora se encontraba el cadáver su hija, y con el labio inferior temblándole, las rodillas débiles, un nudo en su garganta y un dolor opresivo en el pecho, se giró y desapareció por las escaleras hacia el primer piso. No se dio cuenta de la mirada de disculpa del Padre por haber fallado y la de preocupación por parte del estudiante.

Un segundo después, cuando se quedaron completamente a solas, ambos intercambiaron una mirada en la cuál se preguntaban acerca del bienestar de la mujer. La mayoría de las madres que perdían a sus hijos entraban en una profunda depresión que casi siempre terminaba en el suicidio, y eso era cuando las muertes tenían una explicación científica, ahora imagínense cómo ha de ser cuando solamente la explicación existe si se cree en Dios.

Al ver que el Padre seguía golpeado por lo que sea que haya sucedido allá dentro, el estudiante sacó su celular y se comunicó con el Padre Superior, el hombre católico que regía los casos de exorcismo en el Vaticano. Cuando finalmente pudo comunicarse con él y le informó lo poco que sabía, el Padre Superior no sonó sorprendido sino más bien preocupado. Puede ser que el estudiante no lo supiera, pero esta ya era la décima persona —hombre o mujer— que moría en un exorcismo en las últimas tres semanas, algo que resultaba preocupante porque la tasa de mortalidad no era tan alta, o no lo había sido desde hace dos milenios según las escrituras ocultas en la sede principal de la biblioteca.

Decidió reunirse con el padre que había practicado el exorcismo para ver si era similar al de los otros nueve casos, y de ahí deberían de tomar una decisión, porque no podían permitir que esto siguiera ocurriendo. La fe disminuía ante estas situaciones, y como todo era un círculo vicioso, la maldad crecía a pasos agigantados en los humanos.

Dejándole saber lo que opinaba al joven, finalizó la llamada no sin antes indicarle que se quedaran ahí mientras llegaba a la escena acompañado por dos sacerdotes más para enfrentar a la policía.

Abandonando la comodidad de su oficina, fue a buscar a sus dos sacerdotes elegidos, y les encargó llevar agua bendita e incienso para bendecir la casa, y una vez cumplieron su mandato, besó la cruz que llevaba alrededor de su cuello y suplicó poder llegar al fondo de esto y evitar más muertes. No quería ni siquiera pensar en eso, en lo que estaban pasando las familias afectadas por estos mortales exorcismos.

Tenían que encontrar una solución para eso, pero tenían que hacerlo rápido, porque sino un mal que ni siquiera se imaginaban estaría colgando sobre sus cabezas y sobre la misma casa de Dios, el Vaticano.

 

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2 Responses to “PRÓLOGO”

  1. Romi Says:

    Este me llamò mucho la atenciòn, hace poco que querìa leer sobre exorcismos. Gracias por compartirlo, me gustò mucho :D
    Suerte!

    • L.H. Pérez Says:

      Gracias :D

      Espero actualizarla este fin de semana para ya arrancar en sí con la historia, y de igual manera, espero atraparte con la misma y ganar tus visitas y comentarios :D

      Un abrazo :)

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